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martes, 11 de marzo de 2014

Los hombres grises (Miraclaun Teatro | http://miraclaun.wordpress.com)

Al principio apenas se nota. Un día, ya no se tiene ganas de hacer nada. Nada le interesa a uno, se aburre. Y esa desgana no desaparece, sino que aumenta lentamente. Se hace peor de día en día, de semana en semana. Uno se siente cada vez más descontento, más vacío, más insatisfecho con uno mismo y con el mundo. Después desaparece incluso este sentimiento y ya no se siente nada. Uno se vuelve totalmente indiferente y gris, todo el mundo parece extraño y ya no importa nada. Ya no hay ira ni entusiasmo, uno ya no puede alegrarse ni entristecerse, se olvida de reír y llorar. Entonces se ha hecho el frío dentro de uno y ya no se puede querer a nadie. Cuando se ha llegado a este punto, la enfermedad es incurable. Ya no hay retorno. Se corre de un lado a otro con la cara vacía, gris, y se ha vuelto uno igual que los propios hombres grises. Se es uno de ellos. Esta enfermedad se llama aburrimiento mortal.
Michael Ende. Momo

Una de las enfermedades más dañinas del mundo. Ocho años después, el virus sigue sin aparecer, acorralado por la implacable represión de las píldoras. Pero el aburrimiento mortal está tan presente como en el mundo gris en el que vivía Momo.


viernes, 9 de marzo de 2012

Muriendo poco a poco

Van pasando los meses desde el último gran cambio de mi vida. Lo que iba a convertirse en un castillo inexpugnable a ojos del exterior se ha tornado en una cárcel. La soledad del piso unipersonal, lejos de liberar, ha terminado por atraparme. Piso-cárcel. Poco a poco, siento que cada día me atrapan más este sofá, esta silla, esta cama.

En los dos primeros casos, sin ningún motivo. En el de la cama, que es la más cómoda y aparentemente más confortable de las que he tenido nunca, porque se ha convertido en un instrumento de tortura.

Siempre he tenido el sueño regular. Ningún problema para dormir, nunca. Ni en época de exámenes, ni antes de un viaje. Y sigue siendo así. Me quedo dormido a los dos minutos de empanarme entre el colchón y el nórdico.

El caso es que, supongo que por efecto de la medicación, las noches se han convertido en tragos mucho más duros que los días. Éstos transcurren siempre de la manera prevista: trabajo, clases, alguna cerveza de vez en cuando, un polvo al mes, con el primero que pillo en la página de turno. Cada día igual.

Las noches... no. Cada una es diferente. Quizá antes soñaba, pero creo que nunca como hasta ahora. De vez en cuando, me despierto a las tres de la madrugada, asustado por una pesadilla aterradora. El silencio sepulcral del piso de soltero en una zona tranquila rodea a la cama por todas partes. Como soy de sueño fácil, la pesadez narcótica puede conmigo al minuto y hace que el azoro no pase nunca de un duermevela macabro.

Otras veces, menos frecuentes, me despierto con el sabor de tu boca en mi mente. Tras soñar contigo, que nunca leerás esto porque ya no existes más que en mis sueños. Aunque tu cuerpo viva no muy lejos de mi piso, la verdad es que tú moriste hace mucho. Al menos de día. Eres un cuerpo-muerto. Un muerto viviente, ni sombra de lo que fuiste.

En esas noches de alegría inconsciente me doy cuenta de que todo lo demás ya me sobra. Por esos encuentros nocturnos, no tan habituales como me gustarían y que escapan a todo control por mi parte, vuelvo a verte y a besarte como hacía con tu cuerpo-persona hace años. Hace tantos años que ya debería haberme olvidado.

Van pasando los meses y siento que voy muriendo poco a poco. Lo cierto es que físicamente estoy muy bien, tengo buen aspecto. Como bien, hago algo de ejercicio. Pero yo también soy un zombi que camina sin vida y que solo revive y recobra la alegría en las noches en las que nos encontramos. Esas noches, tan poco frecuentes, son los únicos momentos de vida, de escape de esta vida-cárcel en la que se ha convertido mi existencia.

Como un preso encerrado en una cárcel a la orilla de un acantilado, de vez en cuando —cuando he encontrado papel y un lápiz para hacerlo— lanzo un mensaje como este al océano, con la vana esperanza de que algún día lo leas. Mientras tanto, sigo esperando a la muerte. El sueño eterno del que nunca despertaré y donde me reuniré contigo, cuerpos-muertos ambos, sin despertar ya nunca más.

lunes, 28 de noviembre de 2011



Hace muchos años —más de diez, una eternidad— tuve un novio que estaba obsesionado con que The Cranberries, aquel grupo irlandés de los noventa, cantaba su vida en cada canción. Años después, hará ahora unos cinco, conocí a otro que se empeñaba en que Texas —escoceses esta vez— eran como una banda sonora programática de todo lo que le pasaba. ¡Cuántas veces me habré mordido la lengua en presencia de ambos cuando insistían en tal patraña adolescente! Por lo que sé, todavía hoy siguen, por lo menos el segundo, que ya no cumplirá los treinta, empecinados en verse reflejados en cada canción.

He venido pensando en ellos en mi camino de vuelta del trabajo. En el autobús, a esta hora lleno de gente solitaria que casi ni habla tras la jornada laboral o de estudios, me dispuse a descubrir el último disco de La Casa Azul, publicado hace unos días bajo el título de La Polinesia meridional. Como digo, pensé en aquellos dos amigos cuando me descubrí a mí mismo reconociéndome en las canciones. Lo malo, y lo que resulta hipócrita tras el primer párrafo de esta entrada, es que no es la primera vez que me pasa, de hecho ya lo conté aquí hace más de tres años.


jueves, 15 de septiembre de 2011

¿Fue posible que yo no te supiera
cerca de mí, perdido en las miradas?

Los ojos me dolían de esperar.
Pasaste.

Si apareciendo entonces
me hubieras revelado
el país verdadero en que habitabas!

Pero pasaste
como un Dios destruido.

Sola, después, de lo negro surgía
tu mirada.

Jaime Gil de Biedma


Con el gran Gil de Biedma empezará una carta que recibirás muy pronto. Hoy he empezado a escribirla a modo de declaración de independencia. Diez años después, quiero por fin desprenderme de tu recuerdo. No quiero verte ni siquiera en esos sueños que vivo con más alegría que mis vigilias. Tu mirada, que surgía de lo negro de mi prehistoria, es hoy un cielo que ‑a pesar de su azul intenso‑ me agobia como nunca.

jueves, 14 de julio de 2011

Sueños

Cada noche te veo en sueños. A falta de mayor relación en eso tan vulgar que llamamos 'realidad', me gusta quedar contigo cada noche en un sitio diferente. Lo normal es verte en horizontal para saborear tus besos (¡cómo me gusta verte así!) pero otras veces te encuentro en otras situaciones. 

En nuestra última cita, la pasada noche, era una tarde calurosa e íbamos en un autobús urbano cuando tres estudiantes americanas empezaban a lanzarte flechas, a ver si te cazaban. Y recuerdo perfectamente tu voz diciéndoles "I'm not much into women", mientras volvías tu mirada, tan azul, hacia mí para sonreír. Una de ellas encendía después un cigarro y entonces tú ibas hacia el conductor para avisarlo de la infracción. Siempre has sido así de correcto. 

Hoy me espera un día infernal en el trabajo y con varios encargos que tengo pendientes (¡sin ninguna gana!). Lo único que quiero ahora es que llegue la noche y volver a encontrarte, no sé dónde nos veremos. 

sábado, 2 de julio de 2011

Asocial





"Todo individuo es tanto más sociable cuanto más pobre de espíritu y, en general, cuanto más vulgar es".



Acabo de leerlo en la antológica Museo de los Horrores, una página personal tan 1.0 que gusta solo de entrar. En ella, el autor atribuye la máxima a Arthur Schopenhauer. Da igual, es como si la hubiera escrito yo mismo en la noche de ayer.

Parece que estoy alcanzando unas cotas de refinamiento imposibles e inimaginables en mí hace unos años. Ese hombre que era el centro de atención de manera comedida pero eficaz, sin estridencias pero bordeando el histrionismo con frases categóricas y sentencias basadas en el último pensamiento que se pasaba por la cabeza, convenientemente disfrazadas de razonamientos de meses. Todo se ha derrumbado.

Anteayer fui a comer caracoles con una horda de amigos y en un momento dado (de hecho, aún no había probado el primero) me levanté y me fui, haciendo una de esas ocho-trece más propias de noche de sábado rozando la mañana del domingo. Me fui y a los diez metros ya estaba refugiado en la envolvente calidez de Chaikovski, sonando al 60% en mi iPod. El camino hacia casa duró lo que tarda la sexta sinfonía en anunciar el final made in San Petersburgo que le sobrevendría al autor a los tres meses de estrenar la obra.

Que no, que no, que ya no me gusta la gente. Me di cuenta ayer chateando un rato por el Grindr con el primero que pasaba. Llegué a decirle que "lo que yo busco no existe", anulando cualquier tipo de esperanza por su parte (otra cosa es que luego me envió su foto y, sí, ciertamente estaba lejos de ser lo que yo busco aunque, en realidad, es normal porque esto último n'est pas plus).

Hoy emprendo mi nueva huida. Dejo un piso de alquiler por uno propio que promete convertirse en un búnker a prueba de balas, de propuestas y de desilusiones. De hecho, casi no he invitado a nadie a verlo desde el día de la compra ni, mucho menos, desde que terminó la reforma integral. Es mi casa, mi castillo, el lugar donde nada ni nadie entra si no es como aquello que no existe. El colmo del refinamiento, diría Schopenhauer, es vivir en un barrio popular de una ciudad callejera... pero encerrado en una cápsula que se aísla del mundo. Pareces blancas, lisas, maderas claras, algún cristal separador de espacios y, sobre todo, ventanas gruesas y aislantes subvencionadas por el gobierno. El mismo que me paga las píldoras para seguir viviendo me ayuda a pagar las paredes de mi refugio.

miércoles, 1 de junio de 2011

What if...?



¿Ni siquiera estás agradecido, a que no?

¿Agradecido? ¿Por la peor experiencia de mi puta vida?

Estás agarrado a tu dolor como si sirviera para algo. Te diré una cosa: no vale una mierda. Pasa la página. Tienes mil cosas por hacer y solo te empeñas en quejarte.

Bueno, ¿y qué se supone que tengo que hacer?

¿Tú qué crees? ¡Puedes hacer lo que quieras, gilipollas! ¡Estás vivo! ¿Qué importa un pequeño dolor frente a eso?

No puede ser tan sencillo. 

¿Y si lo fuera?

Traducción libre de la escena final de la cuarta temporada de Six feet under. 

jueves, 5 de mayo de 2011

Una palabra tuya...

...bastaría para sanarme. Más o menos, claro. Por lo menos, curaría ese nudo en la garganta que vuelve a tenerme todo el día con principios de asfixia. 

Nadie dijo que esto fuera a ser fácil. He pasado por miles de cosas en los últimos cinco años: cambios de ciudad, de trabajo, de amigos, vuelta a empezar. Períodos más desenfrenados, seguidos inmediatamente de otros mucho más asociales. Mis CD4 se han mantenido en su sitio y mi salud física ha estado perfectamente. He ido al gimnasio con regularidad, he estudiado idiomas. He dado pasos enormes en mi situación financiera y he ido progresando, a pasos insultamente grandes, hacia una madurez que apremia justo ahora que mi vida llega a su cuarta década. 

Ahora echo la vista atrás y descubro, con horror, que ya han pasado diez años desde aquel día de abril en que te conocí. Yo con diecienueve recién estrenados, tú aún con tus dieciocho. Un chat cualquiera de los de entonces. Una animada charla de horas, seguida por un pequeño incidente que estuvo a punto de causar que mi vida hubiera sido totalmente diferente. Te reirás recordándolo: recuerdo cómo sin querer al levantarme de mi silla para ir al servicio o a por un vaso de agua mi pie apretó el botón de apagado de aquella primitiva y enorme CPU de ordenador que estaba bajo mi mesa y cómo el ordenador se quedó en negro a los tres segundos. Aunque lo reinicié y volví a buscarte, tú ya no estabas conectado. Pensé no volver a leerte más y la angustia adolescente me invadió. 

Sin embargo, las neuronas aún entonces me daban para algo y tuve una idea genial: conectarme el siguiente día, a la misma hora y al mismo canal de chat. Y allí estabas, de nuevo. Evidentemente habías tenido el mismo pensamiento. Desde aquella segunda tarde hasta la de hoy ha pasado toda una década. Diez años en los que hemos vivido de todo. Indiferencia por tu parte, amor apasionado por ambas. Separación en busca de nuevos horizontes, desilusión y vuelta a pensar en ti. Nuestros caminos se separaron durante tres o cuatro años y luego, como por empeño del destino, otro día volvimos a cruzarnos. Hemos compartido trabajo, proyectos. Amigos, noches de fiesta, alguna que otra cita para ir a comer como buenos ex. 

Pero yo te he seguido queriendo siempre. Igual que aquella tarde en que empezamos a chatear. Heme aquí, otra vez tecleando para decirte lo mucho que te echo en falta. No ha pasado uno solo, de los 3.600 días que me separan de aquella primavera, en el que no hayas estado en mi mente.

Ya no sé qué más hacer. Como aquella Penélope que esperaba en un banco de la estación, sigo aquí aguardando a volver a verte como antes. Como en aquella horrorosa canción de Mecano, solo quiero que la fuerza del destino nos vuelva a juntar. "Pues si el invierno viene frío, quiero estar junto a ti". Valiente moñada pero qué aguda descripción. Lo has clavao, nachocano.

Esta desesperación no tiene cura, aparentemente. Sin embargo, sigo soñando con que un día digas de una vez esa palabra que bastará para sanarme. En esta época en la que atravieso mis horas más bajas desde hace muchos meses, solo quiero esperar a que vuelvas. En esta etapa en la que ya no creo en nada, solo puedo tener fe en que un día —aunque sea dentro de veinte o treinta años— vengas a buscarme, a darme un abrazo y a quererme si acaso en una décima parte de como yo lo hago. 

Es tarde. Hasta mañana, sea eso cuando sea.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Saudades de montaña rusa

Cada vez estoy más convencido de que la frase "cualquier tiempo pasado fue mejor" es completamente inexacta. Por supuesto que podemos estar en algún momento puntual algo mejor que en otro, y que la vida es una montaña rusa en la que solemos subir a base de esfuerzo y con lentitud y que, casi sin avisar, nos deja caer por nuestro peso a velocidades que ni imaginamos. Pero no es eso lo que quiero decir.

A lo que me refiero es a que ese pasado idílico que recordamos todos –ya sea la infancia, aquel primer amor de juventud o los años combativos y subversivos de la universidad– son a la postre recuerdos de un tiempo que hemos vivido porque teníamos que hacerlo para sentar la base de la nostalgia del futuro.

Después de años de insatisfacciones, decepciones y desengaños más o menos habituales, he comprendido por fin en qué se basa la realidad: en anhelar algo que nunca tendremos, algo que intuimos hace años, que vislumbramos durante aquellos años felices pero que nunca pasará de un espejismo. Somos profundamente desgraciados; en mayor o menor medida, nuestras circunstancias y nuestras personalidades nos hacen seres incompletos, inseguros, insatisfechos. La 'saudade' de la que hacen gala nuestros vecinos portugueses en su personalidad colectiva se acerca mucho más a lo que somos todos. Es decir, ellos son más realistas y ven la vida mejor de lo que nosotros, los españoles apasionados y fiesteros, nunca podremos ver.

El pasado, aquel período de tiempo en que fuimos tan felices, es una etapa necesaria para forjar la personalidad de lo que somos como adultos. El propio desarrollo vital hacia la madurez es un proceso de degradación contra el que no podemos luchar: sólo nos lleva, siempre, a peor. Esa montaña rusa puede tener algún pequeño repecho que nos haga pensar que hemos mejorado; es mentira. En el proceso de caída, la propia gravedad nos empuja hacia abajo siempre, sin marcha atrás posible dada la fuerza con la que se mueve el carro que avanza enloquecido por los raíles metálicos.

Aunque pueda parecer una visión negativa de la existencia, después de tener esta revelación me siento mucho más ligero de equipaje. Descargar de culpabilidades y reproches la propia desgracia es lo mejor que puedes hacer. Es profundamente liberador asumir que nada de lo que hagas va a mejorar tus perspectivas de futuro ni acercarlas a ese sueño dorado que nos vende el sistema –un artificio creado por algunos para intentar escapar del destino a costa de los demás–.

(...)

He releído todo el texto anterior y me da un poco de miedo haber llegado a esta conclusión. En fin, quizá todo este desbarre existencialista se deba a que hoy necesito echar un polvo tanto como el comer. Sentir un rato la piel de otro para descansar de tanta revelación liberadora por medio de un rato (corto) de sexo salvaje. De convertirme por unos minutos en un animal inconsciente. Sí, debe ser eso. No me hagáis mucho caso.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Un, dos, tres

Por veinticinco pesetas, díganos cosas grandes como, por ejemplo, el océano Atlántico.

- El océano Atlántico.
- La cara dura de Zapatero.
- La sonoridad de una sinfonía de Mahler.
- El sueño que te queda cuando suena el despertador el lunes.
...
- Los huevos de quien hace como que no te conoce cuando está con sus amigos en un congreso en el que coincidís y, sin embargo, se acerca a saludarte cuando estás con los tuyos tranquilamente tomando una cerveza en un bar. Ese que tiene la gallardía de decirte "quiero volver a verte" y nunca más se supo. El que llega a la conclusión de que no quieres que te vean con él y te suelta que "te veo incómodo", como si te conociera de algo. El que te pidió que no escribieras nada en tu blog sobre su reacción infantil a la noticia de que eres seropositivo porque "necesito tiempo". El mismo que se despide diciendo "llámame un día" y nunca te dio su teléfono. Ese mismo que...

Campana y se acabó.

viernes, 22 de octubre de 2010

Limpieza

He limpiado mi casa a fondo. Me ha dado bastante trabajo y a veces he tenido que pararme a pensar si tal o cual cosa me iba a hacer falta en el futuro. Ha sido un poco difícil decidir pero al final he optado por ser inflexible: he tirado todo lo que no veía desde hace más de una semana. Y no veas qué aroma a limpio se ha quedado...

jueves, 14 de octubre de 2010

Con el tiempo

Avec le temps,
avec le temps, va, tout s'en va.
On oublie le visage et l'on oublie la voix.
Le cœur, quand ça bat plus, c'est la peine d'aller
chercher plus loin, faut laisser faire et c'est va bien.


Avec le temps, 
avec le temps, va, tout s'en va.
L'autre qu'on adorait, qu'on cherchait sous la pluie,
l'autre qu'on devinait au détour d'un regard,
entre les mots, entre les lignes et sous le fard
d'un serment maquillé qui s'en va faire sa nuit.
Avec le temps tout s'évanouit.

"Con el tiempo se olvida todo. La cara, la voz. Vale la pena, cuando el corazón ya no late, buscar más lejos, dejarlo estar. Con el tiempo, aquel al que adorábamos, a quien buscábamos bajo la lluvia, a quien comprendíamos con solo una mirada, sus palabras, sus cartas... todo se pierde en la noche. Con el tiempo, todo se evapora".

Es una traducción un poco libre de la canción de Léo Ferré 'Avec le temps' que no puedo dejar de escuchar. ¿Os habéis parado a pensar en que cuando pasan los años no somos capaces de acordarnos del timbre de una voz amiga o de la cara de algún familiar que ha muerto... más allá de las poses forzadas de las fotos que guardamos?

El cerebro es sabio y sabe, exactamente, qué guardar y qué borrar de su disco duro. El alma sabe que su memoria no es infinita y va desfragmentando y limpiando, cada poco, sus bits para ir haciendo sitio a lo que llega. Ningún ordenador es capaz de de mantenerse tan aseado durante más de un año. Nuestra mente, mucho más ágil, nos acompaña durante toda una vida y hace sus deberes, callada, sin que le digamos nada. Selecciona lo importante, borra lo superfluo. A veces, trabaja de una manera tan rápida que algunas de las vivencias no llegan, siquiera, al lugar donde deberían guardarse y se esfuman mucho antes de llegar a ser, propiamente, recuerdos.

El sueño, al que me dirijo como cada noche, es el momento más provechoso del día. Durante ocho horas dejamos a nuestro inconsciente a su aire, ordenándose sin prisa, a su ritmo. A veces, por la mañana intentamos hacer un recuento y descubrimos, con agrado, que aquel al que adorábamos, a quien buscábamos bajo la lluvia, aquel en el que quisimos comprender con solo una mirada... ya no está. No existe. Deleted.

Y sin embargo, la verdad es que la vida ya nunca vuelve a ser igual. Nunca volvemos a ser los mismos ni a amar del mismo modo. "Alors, vraiment, avec le temps on n'aime plus".

lunes, 11 de octubre de 2010

Me muerdo la lengua

Hoy me muerdo la lengua y no voy a utilizar este blog para contar ninguna historia que me haya pasado. No es necesario, es otra vez (¡otra vez!) la misma y ya la habéis leído... los tres que venís por aquí de vez en cuando.

Hoy solo quiero anunciar que he tocado fondo –o, al menos, algo duro bajo mis pies– y que a partir de ahora solo puedo a ir a mejor. Mañana, aprovechando el día festivo, voy a coger mi coche bien temprano y voy a conducir adonde él me quiera llevar. Probablemente llegue a la frontera más cercana y la traspase por el sitio más insospechado, quizá una carretera comarcal cuanto más alejada de la autovía mejor. Cambiaré, aunque sea por unas horas, de país y de idioma, de paisaje, de mochila. Dejaré, por esas mismas horas, todo atrás y seré de nuevo quien fui hace años. O, mejor, me inventaré un yo distinto.

Lo he hecho varias veces y, la verdad, soy bastante bueno en ello. Soy capaz de aparentar la madurez más serena, la sensatez del adulto, la ingenuidad del adolescente. Incluso, si me pongo, soy capaz de creérmelo durante un rato. A veces me veo incluso desde fuera, como esas personas que salen de su cuerpo cuando están al borde de la muerte, y me veo estupendo.

Mañana es el día. Y claro que luego volveré a casa, a lo de siempre, para dormir y volver a trabajar el día siguiente. Pero ese ratito que sea otra persona, esa carreterita de frontera, me enseñarán que fuera de la caverna hay vida, luz y color mucho más brillantes que en las sombras. Lo bueno, también, es que no tengo a nadie a quien convencer a mi vuelta de que allá fuera todo es mejor. Lo sabré yo, y con eso me bastará.

A dormir. Hasta mañana.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Contracorriente




Acabo de volver del cine, de ver Contracorriente, una película colombo-peruana que me ha revuelto por dentro. No contaré mucho de ella, que tampoco es cuestión de reventársela a nadie. Pero tengo que contar lo que me ha despertado esta historia corriente que dejó al nutrido público pegado a la butaca mientras sonaba la canción que cierra la cinta.

Y no es por eso que haya dejado de quererte un solo día,
que estoy contigo aunque estés lejos de mi vida
por tu felicidad a costa de la mía.
Pero si ahora tienes tan solo la mitad
del gran amor que aun te tengo
puedes jurar que al que te quiere lo bendigo
quiero que seas feliz
Aunque no sea conmigo

El tema (que se puede encontrar, sin dificultad, en Spotify buscando 'Aunque no sea conmigo' o en este enlace de Youtube) se ha convertido en uno más de los que componen la banda sonora de mi vida, aunque solo haga una hora que lo oí por primera vez. Sí, me siento identificado con él como con tantas otras canciones.

Pero ahora solo me acuerdo de Miguel, de los ojos azules que a él y a mí nos marcarán durante toda la vida, de la felicidad que nos dio a los dos aquella primera vez que nuestro hombre nos dio la mano en la calle, de los juegos en la arena, de la soledad que nos deja quien se fue y nunca volverá. De un amor que sigue a nuestro lado aunque nadie lo vea.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Seems like old times




Seems like old times, having you to walk with,
Seems like old times, having you to talk with.
And it's still a thrill just to have my arms around you,
Still the thrill that it was the day I found you,
Seems like old times, dinner dates and flowers,
Just like old times, staying up for hours,
Making dreams come true, doing things we used to do,
Seems like old times, being here with you.


Acabo de conocer este viejo standard al ver, por primera vez en mi vida, la mítica Annie Hall de Woody Allen. Hoy es otro de esos días en los que siento que la vida está demasiado bien organizada como para ser parte del azar. Hay un guionista escribiéndola en algún sitio y disfrutando haciéndonos putadillas sin importancia pero perfectamente planificadas. Sin duda.

¿Cómo, si no, se explica que de todas las películas que tengo en la estantería aún sin ver haya escogido esta hoy, precisamente el día después de cenar con mi ex y un amigo común? ¿A qué se debe que al despedirnos tuviéramos un pequeño e intrascendente desencuentro verbal y que, justo después de irse él, mi amigo me mirara y me dijera "hay que ver, parece que todavía os gustáis"? ¿Es casualidad que sonáramos como hace años? No lo creo.

En realidad, para mi alegría y alivio, parece que he ido encontrando el lugar exacto en el que colocar a mi ex dentro de mi vida. Durante el tiempo que estuvimos juntos, unos tres años mal contados, llegué a echarlo de más. Luego me fui de erasmus a Suecia y no dejé, ni un solo día, de echarlo de menos. Incluso cuando volví tuvimos nuestra noche de reencuentro que terminó con él haciéndose el dormido y yo durmiendo de verdad para no tener que despedirme de él. Desde aquel día, decidí no volver a verlo nunca más y tratar de superar su memoria. Sin conseguirlo, claro está.

Hace ya unos seis años de aquello. Hace cosa de uno, mi obsesión por saber de él me llevó a buscar su nombre en google y a descubrir su página personal, en la que muestra un (hasta entonces desconocido para mí) gran talento para producir materiales relacionados con mi vida laboral, con mi trabajo. No dudé en llamarlo ni un momento. "Quién sabe", pensé, "podemos trabajar en algo juntos y quizá pueda por ahí empezar a seducirlo otra vez". Sin embargo, a medida que fuimos viéndonos otra vez me di cuenta de que habíamos alcanzado el punto justo. Él está en otra relación y yo estoy solo. Siento que los rescoldos que tengo humeando en mi interior van a seguir siempre encendidos y, aún así, no puedo ni quiero entrometerme en su relación, más aún cuando no puedo ofrecerle volver a la ingenua entrega de los veinte años. Han pasado muchos años, he pasado por mucho y ya nada es lo que era. Por fin está donde tiene que estar, ni muy cerca para que vuelva a aburrirme, ni muy lejos para que vuelva a idealizarlo. Como un conocido más. "Nunca va a dejar a su novio", vaticinó mi amigo después de despedirnos de él. Para qué decir más.

Y de repente, aparece esta 'Seems like old times' y vuelvo a recordar cómo era abrazarlo. Con la cena de ayer recordé, una vez más, el color de sus ojos, la forma de su nariz, el encanto de sus manos. Cómo me gustaba salir a cenar y hablar de cualquier cosa. El día que nos conocimos. Todo, el día después de cenar y reír, de hablar, de beber unas cervezas en una terraza. Justo hoy he tenido que escoger Annie Hall de la estantería. Justo hoy. Me cago en el guión.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

Alineando los planetas

Puede que muy pronto me vea otra vez huyendo y sin despedirme, como Manuela en Todo sobre mi madre. En estos últimos días, semanas o meses estoy sintiendo que quizá vuelva a ser hora de cambiar de aires.

El trabajo, monótono, absurdo, sometido a las reglas del juego político o de apariencias que baña a la sociedad de esta ciudad, me está asfixiando. Para colmo, las condiciones no hacen más que empeorar, con retrasos en las nóminas y zancadillas entre departamentos para hacerse la vida y los proyectos imposibles.

Las relaciones sociales han ido marchitándose, poco a poco, por falta de riego y mayores cuidados. Donde antes se extendía una ladera llena de flores, plantas y frutales, hoy sobreviven apenas dos o tres malas hierbas que se agarran a la tierra seca y cuarteada. Por no quedar, no me queda ni deseo sexual: ya casi ni me conecto a las redes de contactos por un calentón de esos que antes terminaban con una paja mal hecha frente al ordenador y hoy terminan solos, sin tocarme, cayéndose a los pies como las hojas marchitas se caen tras dar brío a las ramas de un árbol.

Ni siquiera mi relación con la tierra es ya la que era. No disfruto de la gente, de los paseos por las calles, de las historias que escucho en cada esquina y que antes me apasionaban y me hacían reír. Estoy igual de lejos de mis raíces que hace diez años... aunque parece que cada día me pesa más esta distancia absurda. 

Parece mentira que, aunque oigamos mil veces que al lugar donde hemos sido felices no debiéramos tratar de volver, acabamos volviendo y dándonos de bruces contra los mismos muros que nos acorralaban antaño. Después de cada aventura que consigo tener por el mundo adelante, nunca más larga de un año, acabo volviendo al lugar donde descansan mis cenizas para ver si, como Lázaro, soy capaz de encontrar a alguien que las devuelva a la vida. Pero no. No he conseguido nunca volver al éxtasis juvenil de los veinte años, en los que veía con insconsciencia que mi vida estaba encaminada y resuelta.

Sin embargo, he visto la luz. Como un cometa que pasa una vez cada ochenta años, he visto una nueva aventura en la que embarcarme. En medio de un caos cósmico, la cola del asteroide ha asomado por un extremo de la bóveda celeste y me ha dado tres meses para decidir qué hacer. Doce semanas para preparar mi maleta o mi macuto espacial de espacio limitadísimo para saber qué llevarme y qué abandonar, para siempre, en tierra. O al menos, hasta la próxima vuelta. Cambio de país, de idioma, de amigos. Sin trabajo pero con expectativas de volver a ser el que fui o, si no lo consigo, por lo menos de pasar desapercibido. Parece mentira que se pueda decidir algo tan rápido... o no: en realidad, hace tiempo que lo sabía. Pues nada, otra vez a huir sin despedirse. 

domingo, 22 de agosto de 2010

A hard night's day

Hoy es el día que sigue a la noche de ayer. Vaya noche de mierda. No diré que fue reveladora, porque ya nada me asusta, sino que -más bien- fue la gota que colmó el vaso.

No faltó de nada: encontrarme al polvo del otro día en un bar al que fui con un chico que medio me hacía tilín. Que mi gran amigo de tantos años me diga, con tres copas de más, que está pendiente de unos resultados médicos para confirmar que tiene una u otra enfermedad neurológica brutales (mucho peores que mi VIH... tipo esclerosis y demás). 

Que acabemos yendo a un after con cuarto oscuro... y que me diera un ataque de agobio como pocas veces y tuviera que salir corriendo, dejando allí a mi amigo lidiando con un montón de impresentables. Que fuera, además, la última noche de mis vacaciones antes de irme, en unos días, de vuelta a la ciudad donde trabajo. 

En fin, he decidido (otra vez más) alejarme de toda esta mierda durante un tiempo, unos meses, un par de años. No quiero saber nada más de salir por ahí, beber, oler a tabaco sin haber fumado, de aguantar a babosos que te miran la polla mientras meas (¿habrá momento más íntimo?), de las reinas de la noche.

viernes, 20 de agosto de 2010

Cambios

Le he dado un impulso grande al blog y a mi cuenta en Twitter (http://twitter.com/pildorasazules). Diseños nuevos, con fotos propias y colores más armónicos. Cambios en el código de la página para salir más guapo en la foto de Google y que llegue aquí más gente. El paso previo a tener más visitas y, espero, más comentarios de gente que me dé su consuelo anónimo en la distancia.

Hay que ver lo que libera contarle a todo el mundo cosas que antes sólo escribirías en un diario. Las puede leer cualquiera y, sin embargo, te permiten desahogarte en la soledad de un salón con la persiana bajada en un día de verano.

jueves, 19 de agosto de 2010

Propósitos del nuevo curso

Se acaba el verano y va llegando la fecha. A partir del día 1 de septiembre, esta oruga se convertirá en un capullo (¡más todavía!) durante, digamos, dos años. He pensado en todo: voy a acometer cambios importantes en la vida de cualquier hombre de bien. Al menos, de cualquier hombre-homosexual-urbanita-universitario de bien. A saber:

- voy a apuntarme al gimnasio. Hace tiempo que no voy y ya está bien de acumular barriguita. Vale, los antirretrovirales hacen que se acumule grasa en el abdomen y demás... pero no es excusa. O sí lo es, precisamente. Así que a trabajar duro y a ponerme estupendo. 50 euros al mes.

- voy a ponerme una ortodoncia y, de paso, igual miro hasta precios para quitarme la miopía, que dicen que está todo muy avanzado y hay que aprovechar el tiempo y los ahorros en estas pequeñas cosas, tan imprescindibles. Como no tengo hijos, maromo ni hipoteca, el dinero es mío y me lo gasto en lo que quiera. Ponte que me gasto en esto unos 200 euros al mes.

- voy a aprender idiomas. No sé si dedicarme a perfeccionar el inglés (que nunca está de más y además me hace falta un reciclaje) o a aprender algo nuevo, mucho más estimulante sin duda. Alemán, portugués, francés... ya veremos. Ponle otros 100 euros al mes.

Así que me esperan unos 350 euros mensuales en gastos imprescindibles para que, en el mencionado plazo de dos años, esta oruga se convierta en una mariposa políglota, visualmente impecable, con dientes alineados y perfectos y con hombros anchos y abdomen plano. Para entonces habré pasado de los treinta... y hay que coger el toro por los cuernos.

Que no se diga.

viernes, 13 de agosto de 2010

Si me buscas, me encuentras

No soy de piedra. Vale, tengo el bicho por la sangre y puedo contar los polvos de 2009 con los dedos de una mano (y creo que me sobran dos). Pero no soy de piedra. O sea, que si me buscas... me encuentras.

No hay como conectarse a una red social (ahora todo es red social, cuando antes las llamaban 'páginas de guarreo' o 'de contactos' que, para el caso, viene siendo lo mismo) como bakala.org o gaydar.es para que te manden mensajes de los que suben el ánimo. La mayoría, sin foto, sin sitio, sin ambas cosas o -incluso- sin vergüenza.

De vez en cuando, sin embargo, aparece alguno bastante resultón, que te pone fotos en abundancia, que comparte algo de información contigo de buena fe y que te pide, directamente, una cita para esa misma tarde después del trabajo. La facilidad y la felicidad para el que lleva años enganchado al rollo digital y que añora los tiempos en los que todo el monte era orégano. Sí, hace unos ocho o diez años... cuando nadie tenía cámaras digitales pero todo el mundo tenía fotos escaneadas en sus perfiles. Acojonante paradoja. Memoria de tiempos pasados que, en este caso al menos, fueron mejores.

Total, que ayer me buscaron y me encontraron. Muchísimo. Tapas, cervezas, un motel de carretera pagado a medias (porque, si no tienes sitio, buenas son tortas). Un polvo bastante decente. Una serie de la tele, abrazados, a falta del cigarrito de después. Una promesa: "Te volveré a llamar".

¿Puntos negativos? Sí, alguno... aunque sin mucha importancia: que estoy de vacaciones y no sé si lo volveré a ver (ni falta que hace, a decir verdad). Que sin camiseta perdía un poco. Que en cuestiones de roles no coincidimos (o sí, pero ya sabéis que los polos iguales se repelen).

O que -y esta es la peor- hablaba exactamente igual que mi mejor amiga del instituto. O sea, que entre que me comía la polla o el culo decía cualquier cosa y yo veía a mi amiga. Bueno, tampoco es para tanto. Podía haberme recordado a Rajoy, a Ratzinger Z o a Carmen Mairena (cosas veredes), y entonces sí habría sido un drama.

En fin, me buscó y me encontró. Le ponemos... un 6 y a ver qué pasa en la reválida.