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lunes, 28 de noviembre de 2011



Hace muchos años —más de diez, una eternidad— tuve un novio que estaba obsesionado con que The Cranberries, aquel grupo irlandés de los noventa, cantaba su vida en cada canción. Años después, hará ahora unos cinco, conocí a otro que se empeñaba en que Texas —escoceses esta vez— eran como una banda sonora programática de todo lo que le pasaba. ¡Cuántas veces me habré mordido la lengua en presencia de ambos cuando insistían en tal patraña adolescente! Por lo que sé, todavía hoy siguen, por lo menos el segundo, que ya no cumplirá los treinta, empecinados en verse reflejados en cada canción.

He venido pensando en ellos en mi camino de vuelta del trabajo. En el autobús, a esta hora lleno de gente solitaria que casi ni habla tras la jornada laboral o de estudios, me dispuse a descubrir el último disco de La Casa Azul, publicado hace unos días bajo el título de La Polinesia meridional. Como digo, pensé en aquellos dos amigos cuando me descubrí a mí mismo reconociéndome en las canciones. Lo malo, y lo que resulta hipócrita tras el primer párrafo de esta entrada, es que no es la primera vez que me pasa, de hecho ya lo conté aquí hace más de tres años.


viernes, 13 de agosto de 2010

Si me buscas, me encuentras

No soy de piedra. Vale, tengo el bicho por la sangre y puedo contar los polvos de 2009 con los dedos de una mano (y creo que me sobran dos). Pero no soy de piedra. O sea, que si me buscas... me encuentras.

No hay como conectarse a una red social (ahora todo es red social, cuando antes las llamaban 'páginas de guarreo' o 'de contactos' que, para el caso, viene siendo lo mismo) como bakala.org o gaydar.es para que te manden mensajes de los que suben el ánimo. La mayoría, sin foto, sin sitio, sin ambas cosas o -incluso- sin vergüenza.

De vez en cuando, sin embargo, aparece alguno bastante resultón, que te pone fotos en abundancia, que comparte algo de información contigo de buena fe y que te pide, directamente, una cita para esa misma tarde después del trabajo. La facilidad y la felicidad para el que lleva años enganchado al rollo digital y que añora los tiempos en los que todo el monte era orégano. Sí, hace unos ocho o diez años... cuando nadie tenía cámaras digitales pero todo el mundo tenía fotos escaneadas en sus perfiles. Acojonante paradoja. Memoria de tiempos pasados que, en este caso al menos, fueron mejores.

Total, que ayer me buscaron y me encontraron. Muchísimo. Tapas, cervezas, un motel de carretera pagado a medias (porque, si no tienes sitio, buenas son tortas). Un polvo bastante decente. Una serie de la tele, abrazados, a falta del cigarrito de después. Una promesa: "Te volveré a llamar".

¿Puntos negativos? Sí, alguno... aunque sin mucha importancia: que estoy de vacaciones y no sé si lo volveré a ver (ni falta que hace, a decir verdad). Que sin camiseta perdía un poco. Que en cuestiones de roles no coincidimos (o sí, pero ya sabéis que los polos iguales se repelen).

O que -y esta es la peor- hablaba exactamente igual que mi mejor amiga del instituto. O sea, que entre que me comía la polla o el culo decía cualquier cosa y yo veía a mi amiga. Bueno, tampoco es para tanto. Podía haberme recordado a Rajoy, a Ratzinger Z o a Carmen Mairena (cosas veredes), y entonces sí habría sido un drama.

En fin, me buscó y me encontró. Le ponemos... un 6 y a ver qué pasa en la reválida.

domingo, 27 de junio de 2010

SMS

He borrado tu número de mi móvil, te he eliminado de mi lista de amigos en Facebook y te estoy sacando de mi mente. Ese es mi regalo de cumpleaños. Lo siento: no tengo el ticket para que lo cambies si ya lo tienes. Esta caja de rencor no se puede devolver ni cambiar.

sábado, 30 de agosto de 2008

Valiente dulzura

Después de nuestro primer beso, sentí la necesidad de contarle por qué las cosas no iban a ser tan fáciles. Eran casi las 6 de la mañana, habíamos estado hablando durante horas, y él hizo ademán de irse. Antes, quiso besarme para despedirse.

-Ven, siéntate. No sé cómo empezar. Es que no es nada fácil. Me cuesta tanto decirlo... Resulta que hace unos dos años que no estoy con nadie. ¿Por qué, te preguntarás? No porque no quiera, sino porque no puedo. Hay algo que me lo impide. Es una historia complicada...

- Cuéntamelo sólo si quieres.

- Claro que quiero contártelo. El caso es que... no sé cómo hacerlo. No puedo. No me salen las palabras. Nunca he sido capaz de hablar de ello.

- No será tan grave, hombre.

- Bueno, sí lo es. Verás... es, quizá, lo peor que puedas imaginarte.

- No sé, no caigo. ¿Alguna enfermedad?

- Sí... la peor.

Después de guardar unos segundos de silencio con su mirada llena de ternura clavada en mis ojos, con la valiente dulzura que dan los veintipocos años me espetó:

- Pues cada vez tengo más ganas de besarte.