Hace muchos años —más de diez, una eternidad— tuve un novio que estaba obsesionado con que The Cranberries, aquel grupo irlandés de los noventa, cantaba su vida en cada canción. Años después, hará ahora unos cinco, conocí a otro que se empeñaba en que Texas —escoceses esta vez— eran como una banda sonora programática de todo lo que le pasaba. ¡Cuántas veces me habré mordido la lengua en presencia de ambos cuando insistían en tal patraña adolescente! Por lo que sé, todavía hoy siguen, por lo menos el segundo, que ya no cumplirá los treinta, empecinados en verse reflejados en cada canción.
He venido pensando en ellos en mi camino de vuelta del trabajo. En el autobús, a esta hora lleno de gente solitaria que casi ni habla tras la jornada laboral o de estudios, me dispuse a descubrir el último disco de La Casa Azul, publicado hace unos días bajo el título de La Polinesia meridional. Como digo, pensé en aquellos dos amigos cuando me descubrí a mí mismo reconociéndome en las canciones. Lo malo, y lo que resulta hipócrita tras el primer párrafo de esta entrada, es que no es la primera vez que me pasa, de hecho ya lo conté aquí hace más de tres años.
Seems like old times, having you to walk with,
Seems like old times, having you to talk with.
And it's still a thrill just to have my arms around you,
Still the thrill that it was the day I found you,
Seems like old times, dinner dates and flowers,
Just like old times, staying up for hours,
Making dreams come true, doing things we used to do,
Seems like old times, being here with you.
Acabo de conocer este viejo standard al ver, por primera vez en mi vida, la mítica Annie Hall de Woody Allen. Hoy es otro de esos días en los que siento que la vida está demasiado bien organizada como para ser parte del azar. Hay un guionista escribiéndola en algún sitio y disfrutando haciéndonos putadillas sin importancia pero perfectamente planificadas. Sin duda.
¿Cómo, si no, se explica que de todas las películas que tengo en la estantería aún sin ver haya escogido esta hoy, precisamente el día después de cenar con mi ex y un amigo común? ¿A qué se debe que al despedirnos tuviéramos un pequeño e intrascendente desencuentro verbal y que, justo después de irse él, mi amigo me mirara y me dijera "hay que ver, parece que todavía os gustáis"? ¿Es casualidad que sonáramos como hace años? No lo creo.
En realidad, para mi alegría y alivio, parece que he ido encontrando el lugar exacto en el que colocar a mi ex dentro de mi vida. Durante el tiempo que estuvimos juntos, unos tres años mal contados, llegué a echarlo de más. Luego me fui de erasmus a Suecia y no dejé, ni un solo día, de echarlo de menos. Incluso cuando volví tuvimos nuestra noche de reencuentro que terminó con él haciéndose el dormido y yo durmiendo de verdad para no tener que despedirme de él. Desde aquel día, decidí no volver a verlo nunca más y tratar de superar su memoria. Sin conseguirlo, claro está.
Hace ya unos seis años de aquello. Hace cosa de uno, mi obsesión por saber de él me llevó a buscar su nombre en google y a descubrir su página personal, en la que muestra un (hasta entonces desconocido para mí) gran talento para producir materiales relacionados con mi vida laboral, con mi trabajo. No dudé en llamarlo ni un momento. "Quién sabe", pensé, "podemos trabajar en algo juntos y quizá pueda por ahí empezar a seducirlo otra vez". Sin embargo, a medida que fuimos viéndonos otra vez me di cuenta de que habíamos alcanzado el punto justo. Él está en otra relación y yo estoy solo. Siento que los rescoldos que tengo humeando en mi interior van a seguir siempre encendidos y, aún así, no puedo ni quiero entrometerme en su relación, más aún cuando no puedo ofrecerle volver a la ingenua entrega de los veinte años. Han pasado muchos años, he pasado por mucho y ya nada es lo que era. Por fin está donde tiene que estar, ni muy cerca para que vuelva a aburrirme, ni muy lejos para que vuelva a idealizarlo. Como un conocido más. "Nunca va a dejar a su novio", vaticinó mi amigo después de despedirnos de él. Para qué decir más.
Y de repente, aparece esta 'Seems like old times' y vuelvo a recordar cómo era abrazarlo. Con la cena de ayer recordé, una vez más, el color de sus ojos, la forma de su nariz, el encanto de sus manos. Cómo me gustaba salir a cenar y hablar de cualquier cosa. El día que nos conocimos. Todo, el día después de cenar y reír, de hablar, de beber unas cervezas en una terraza. Justo hoy he tenido que escoger Annie Hall de la estantería. Justo hoy. Me cago en el guión.
Tú, que decidiste que tu vida no valía,
que te inclinaste por sentirte siempre mal,
que anticipabas un futuro catastrófico,
hoy pronosticas la revolución sexual.
Tú, que decidiste que tu amor ya no servía,
que preferiste maquillar tu identidad,
hoy te preparas para el golpe más fantástico,
porqué hoy empieza la revolución sexual.
La Casa Azul 'La revolución sexual'
En este auténtico verano del amor, a veces no sé qué hacer. Si conozco a alguien que me gusta, ¿puedo por fin prepararme para el golpe más fantástico? ¿O mejor me anticipo a ese futuro catastrófico y paso de todo?
Lanzaré una botella al mar, con un mensaje simple pero desesperado. "¿Qué hacer?"
¿Qué habéis hecho vosotros? ¿Qué han hecho con vosotros? ¿Ha comenzado, tras este primer bache horrible, vuestra revolución sexual o, como mucho me temo, os han dejado claro que vuestra vida, que vuestro amor ya no vale?
En ese tiempo algunos no hacen nada más que dormir, comer y quejarse. Otros se quejan, y comen y duermen entre quejidos vacíos. Alguno come poco, duerme menos y no piensa ni en quejarse. Otros, comemos demasiado, dormimos solos en una cama vacía y pensamos que el esfuerzo de quejarse quizá no valga la pena.
Otra gente, en 525.600 minutos es capaz de dar la vuelta a su vida. Cambiar de amigos, cambiar de trabajo, de ciudad, de actitud y de ilusiones, incluso todo a la vez. Un año no es mucho (yo ya tengo unos cuantos en cada bolsillo), pero a veces se queda marcado a fuego en la memoria.
He visto el musical Rent en vídeo y me ha sorprendido con su nueva aproximación a la bohemia, con la reinterpretación de aquella ópera de Puccini, de los elementos que mueven a otras obras como Moulin Rouge y, por ende, al mundo: belleza, libertad, verdad y amor.
Por momentos como el "I should tell you", quizá sí valga la pena quejarse y pensar en cuánto se puede hacer en 525.600 minutos. Por otros como "La vie bohème" quizá sea cierto, después de todo, que necesitamos dormir menos. Quizá eso sí sea perder muchos de los minutos que, después de todo, no son tantos.
One more smile I fake
And try my best to be glad
One more smile does the maker make
Because he knows I'm sad
Oh Lord, how I know
Oh Lord, how I see
That only can the maker make
A happy man of me
Rufus Wainwright 'The maker makes'
Si todo fuera verdad, y si yo tuviera ganas de sonreír de mentira ahora mismo y de ser amable, la vida sería más fácil.
Si pudiera preguntar a alguien, o incluso a ese Dios del que tanto hablan por ahí, "¿Por qué me quieres?", eso sí que me haría feliz. Sabría en ese mismo momento que existe una esperanza, vería la manera de seguir adelante. Y sin embargo, no puedo verla. Ni siquiera veo que ese Dios pueda verme a mí ahora.
Las vacaciones, la distancia de la rutina, la tierna compañía de la voz de un viejo amigo y los planes irreales para un futuro incierto me han permitido mostrar esa sonrisa de mentira en las últimas semanas. Pero todo llega a su fin, y la vuelta al pelotón de la carrera de fondo que todos vivimos no hacen sino recordarme quién soy, qué me pasa y cuántas dudas tengo. Cuánto echo de menos aquellos ojos, cuánto aquellas manos y cuánto me abrigaron aquellos labios.
Si todo fuera mentira, si mañana despertase junto a ellos, sonreiría una vez más. Sabría que ese Dios del que hablan existe y que ya nunca necesitaría preguntar a nadie más por qué me quiere.