¿Fue posible que yo no te supiera
cerca de mí, perdido en las miradas?
Los ojos me dolían de esperar.
Pasaste.
Si apareciendo entonces
me hubieras revelado
el país verdadero en que habitabas!
Pero pasaste
como un Dios destruido.
Sola, después, de lo negro surgía
tu mirada.
Jaime Gil de Biedma
Con el gran Gil de Biedma empezará una carta que recibirás muy pronto. Hoy he empezado a escribirla a modo de declaración de independencia. Diez años después, quiero por fin desprenderme de tu recuerdo. No quiero verte ni siquiera en esos sueños que vivo con más alegría que mis vigilias. Tu mirada, que surgía de lo negro de mi prehistoria, es hoy un cielo que ‑a pesar de su azul intenso‑ me agobia como nunca.
jueves, 15 de septiembre de 2011
jueves, 14 de julio de 2011
Sueños
Cada noche te veo en sueños. A falta de mayor relación en eso tan vulgar que llamamos 'realidad', me gusta quedar contigo cada noche en un sitio diferente. Lo normal es verte en horizontal para saborear tus besos (¡cómo me gusta verte así!) pero otras veces te encuentro en otras situaciones.
En nuestra última cita, la pasada noche, era una tarde calurosa e íbamos en un autobús urbano cuando tres estudiantes americanas empezaban a lanzarte flechas, a ver si te cazaban. Y recuerdo perfectamente tu voz diciéndoles "I'm not much into women", mientras volvías tu mirada, tan azul, hacia mí para sonreír. Una de ellas encendía después un cigarro y entonces tú ibas hacia el conductor para avisarlo de la infracción. Siempre has sido así de correcto.
Hoy me espera un día infernal en el trabajo y con varios encargos que tengo pendientes (¡sin ninguna gana!). Lo único que quiero ahora es que llegue la noche y volver a encontrarte, no sé dónde nos veremos.
sábado, 2 de julio de 2011
Asocial

"Todo individuo es tanto más sociable cuanto más pobre de espíritu y, en general, cuanto más vulgar es".
Acabo de leerlo en la antológica Museo de los Horrores, una página personal tan 1.0 que gusta solo de entrar. En ella, el autor atribuye la máxima a Arthur Schopenhauer. Da igual, es como si la hubiera escrito yo mismo en la noche de ayer.
Parece que estoy alcanzando unas cotas de refinamiento imposibles e inimaginables en mí hace unos años. Ese hombre que era el centro de atención de manera comedida pero eficaz, sin estridencias pero bordeando el histrionismo con frases categóricas y sentencias basadas en el último pensamiento que se pasaba por la cabeza, convenientemente disfrazadas de razonamientos de meses. Todo se ha derrumbado.
Anteayer fui a comer caracoles con una horda de amigos y en un momento dado (de hecho, aún no había probado el primero) me levanté y me fui, haciendo una de esas ocho-trece más propias de noche de sábado rozando la mañana del domingo. Me fui y a los diez metros ya estaba refugiado en la envolvente calidez de Chaikovski, sonando al 60% en mi iPod. El camino hacia casa duró lo que tarda la sexta sinfonía en anunciar el final made in San Petersburgo que le sobrevendría al autor a los tres meses de estrenar la obra.
Que no, que no, que ya no me gusta la gente. Me di cuenta ayer chateando un rato por el Grindr con el primero que pasaba. Llegué a decirle que "lo que yo busco no existe", anulando cualquier tipo de esperanza por su parte (otra cosa es que luego me envió su foto y, sí, ciertamente estaba lejos de ser lo que yo busco aunque, en realidad, es normal porque esto último n'est pas plus).
Hoy emprendo mi nueva huida. Dejo un piso de alquiler por uno propio que promete convertirse en un búnker a prueba de balas, de propuestas y de desilusiones. De hecho, casi no he invitado a nadie a verlo desde el día de la compra ni, mucho menos, desde que terminó la reforma integral. Es mi casa, mi castillo, el lugar donde nada ni nadie entra si no es como aquello que no existe. El colmo del refinamiento, diría Schopenhauer, es vivir en un barrio popular de una ciudad callejera... pero encerrado en una cápsula que se aísla del mundo. Pareces blancas, lisas, maderas claras, algún cristal separador de espacios y, sobre todo, ventanas gruesas y aislantes subvencionadas por el gobierno. El mismo que me paga las píldoras para seguir viviendo me ayuda a pagar las paredes de mi refugio.
miércoles, 1 de junio de 2011
What if...?
¿Ni siquiera estás agradecido, a que no?
¿Agradecido? ¿Por la peor experiencia de mi puta vida?
Estás agarrado a tu dolor como si sirviera para algo. Te diré una cosa: no vale una mierda. Pasa la página. Tienes mil cosas por hacer y solo te empeñas en quejarte.
Bueno, ¿y qué se supone que tengo que hacer?
¿Tú qué crees? ¡Puedes hacer lo que quieras, gilipollas! ¡Estás vivo! ¿Qué importa un pequeño dolor frente a eso?
No puede ser tan sencillo.
¿Y si lo fuera?
Traducción libre de la escena final de la cuarta temporada de Six feet under.
jueves, 5 de mayo de 2011
Una palabra tuya...
...bastaría para sanarme. Más o menos, claro. Por lo menos, curaría ese nudo en la garganta que vuelve a tenerme todo el día con principios de asfixia.
Nadie dijo que esto fuera a ser fácil. He pasado por miles de cosas en los últimos cinco años: cambios de ciudad, de trabajo, de amigos, vuelta a empezar. Períodos más desenfrenados, seguidos inmediatamente de otros mucho más asociales. Mis CD4 se han mantenido en su sitio y mi salud física ha estado perfectamente. He ido al gimnasio con regularidad, he estudiado idiomas. He dado pasos enormes en mi situación financiera y he ido progresando, a pasos insultamente grandes, hacia una madurez que apremia justo ahora que mi vida llega a su cuarta década.
Ahora echo la vista atrás y descubro, con horror, que ya han pasado diez años desde aquel día de abril en que te conocí. Yo con diecienueve recién estrenados, tú aún con tus dieciocho. Un chat cualquiera de los de entonces. Una animada charla de horas, seguida por un pequeño incidente que estuvo a punto de causar que mi vida hubiera sido totalmente diferente. Te reirás recordándolo: recuerdo cómo sin querer al levantarme de mi silla para ir al servicio o a por un vaso de agua mi pie apretó el botón de apagado de aquella primitiva y enorme CPU de ordenador que estaba bajo mi mesa y cómo el ordenador se quedó en negro a los tres segundos. Aunque lo reinicié y volví a buscarte, tú ya no estabas conectado. Pensé no volver a leerte más y la angustia adolescente me invadió.
Sin embargo, las neuronas aún entonces me daban para algo y tuve una idea genial: conectarme el siguiente día, a la misma hora y al mismo canal de chat. Y allí estabas, de nuevo. Evidentemente habías tenido el mismo pensamiento. Desde aquella segunda tarde hasta la de hoy ha pasado toda una década. Diez años en los que hemos vivido de todo. Indiferencia por tu parte, amor apasionado por ambas. Separación en busca de nuevos horizontes, desilusión y vuelta a pensar en ti. Nuestros caminos se separaron durante tres o cuatro años y luego, como por empeño del destino, otro día volvimos a cruzarnos. Hemos compartido trabajo, proyectos. Amigos, noches de fiesta, alguna que otra cita para ir a comer como buenos ex.
Pero yo te he seguido queriendo siempre. Igual que aquella tarde en que empezamos a chatear. Heme aquí, otra vez tecleando para decirte lo mucho que te echo en falta. No ha pasado uno solo, de los 3.600 días que me separan de aquella primavera, en el que no hayas estado en mi mente.
Ya no sé qué más hacer. Como aquella Penélope que esperaba en un banco de la estación, sigo aquí aguardando a volver a verte como antes. Como en aquella horrorosa canción de Mecano, solo quiero que la fuerza del destino nos vuelva a juntar. "Pues si el invierno viene frío, quiero estar junto a ti". Valiente moñada pero qué aguda descripción. Lo has clavao, nachocano.
Esta desesperación no tiene cura, aparentemente. Sin embargo, sigo soñando con que un día digas de una vez esa palabra que bastará para sanarme. En esta época en la que atravieso mis horas más bajas desde hace muchos meses, solo quiero esperar a que vuelvas. En esta etapa en la que ya no creo en nada, solo puedo tener fe en que un día —aunque sea dentro de veinte o treinta años— vengas a buscarme, a darme un abrazo y a quererme si acaso en una décima parte de como yo lo hago.
Es tarde. Hasta mañana, sea eso cuando sea.
jueves, 23 de diciembre de 2010
Saudades de montaña rusa
Cada vez estoy más convencido de que la frase "cualquier tiempo pasado fue mejor" es completamente inexacta. Por supuesto que podemos estar en algún momento puntual algo mejor que en otro, y que la vida es una montaña rusa en la que solemos subir a base de esfuerzo y con lentitud y que, casi sin avisar, nos deja caer por nuestro peso a velocidades que ni imaginamos. Pero no es eso lo que quiero decir.
A lo que me refiero es a que ese pasado idílico que recordamos todos –ya sea la infancia, aquel primer amor de juventud o los años combativos y subversivos de la universidad– son a la postre recuerdos de un tiempo que hemos vivido porque teníamos que hacerlo para sentar la base de la nostalgia del futuro.
Después de años de insatisfacciones, decepciones y desengaños más o menos habituales, he comprendido por fin en qué se basa la realidad: en anhelar algo que nunca tendremos, algo que intuimos hace años, que vislumbramos durante aquellos años felices pero que nunca pasará de un espejismo. Somos profundamente desgraciados; en mayor o menor medida, nuestras circunstancias y nuestras personalidades nos hacen seres incompletos, inseguros, insatisfechos. La 'saudade' de la que hacen gala nuestros vecinos portugueses en su personalidad colectiva se acerca mucho más a lo que somos todos. Es decir, ellos son más realistas y ven la vida mejor de lo que nosotros, los españoles apasionados y fiesteros, nunca podremos ver.
El pasado, aquel período de tiempo en que fuimos tan felices, es una etapa necesaria para forjar la personalidad de lo que somos como adultos. El propio desarrollo vital hacia la madurez es un proceso de degradación contra el que no podemos luchar: sólo nos lleva, siempre, a peor. Esa montaña rusa puede tener algún pequeño repecho que nos haga pensar que hemos mejorado; es mentira. En el proceso de caída, la propia gravedad nos empuja hacia abajo siempre, sin marcha atrás posible dada la fuerza con la que se mueve el carro que avanza enloquecido por los raíles metálicos.
Aunque pueda parecer una visión negativa de la existencia, después de tener esta revelación me siento mucho más ligero de equipaje. Descargar de culpabilidades y reproches la propia desgracia es lo mejor que puedes hacer. Es profundamente liberador asumir que nada de lo que hagas va a mejorar tus perspectivas de futuro ni acercarlas a ese sueño dorado que nos vende el sistema –un artificio creado por algunos para intentar escapar del destino a costa de los demás–.
(...)
He releído todo el texto anterior y me da un poco de miedo haber llegado a esta conclusión. En fin, quizá todo este desbarre existencialista se deba a que hoy necesito echar un polvo tanto como el comer. Sentir un rato la piel de otro para descansar de tanta revelación liberadora por medio de un rato (corto) de sexo salvaje. De convertirme por unos minutos en un animal inconsciente. Sí, debe ser eso. No me hagáis mucho caso.
A lo que me refiero es a que ese pasado idílico que recordamos todos –ya sea la infancia, aquel primer amor de juventud o los años combativos y subversivos de la universidad– son a la postre recuerdos de un tiempo que hemos vivido porque teníamos que hacerlo para sentar la base de la nostalgia del futuro.
Después de años de insatisfacciones, decepciones y desengaños más o menos habituales, he comprendido por fin en qué se basa la realidad: en anhelar algo que nunca tendremos, algo que intuimos hace años, que vislumbramos durante aquellos años felices pero que nunca pasará de un espejismo. Somos profundamente desgraciados; en mayor o menor medida, nuestras circunstancias y nuestras personalidades nos hacen seres incompletos, inseguros, insatisfechos. La 'saudade' de la que hacen gala nuestros vecinos portugueses en su personalidad colectiva se acerca mucho más a lo que somos todos. Es decir, ellos son más realistas y ven la vida mejor de lo que nosotros, los españoles apasionados y fiesteros, nunca podremos ver.
El pasado, aquel período de tiempo en que fuimos tan felices, es una etapa necesaria para forjar la personalidad de lo que somos como adultos. El propio desarrollo vital hacia la madurez es un proceso de degradación contra el que no podemos luchar: sólo nos lleva, siempre, a peor. Esa montaña rusa puede tener algún pequeño repecho que nos haga pensar que hemos mejorado; es mentira. En el proceso de caída, la propia gravedad nos empuja hacia abajo siempre, sin marcha atrás posible dada la fuerza con la que se mueve el carro que avanza enloquecido por los raíles metálicos.
Aunque pueda parecer una visión negativa de la existencia, después de tener esta revelación me siento mucho más ligero de equipaje. Descargar de culpabilidades y reproches la propia desgracia es lo mejor que puedes hacer. Es profundamente liberador asumir que nada de lo que hagas va a mejorar tus perspectivas de futuro ni acercarlas a ese sueño dorado que nos vende el sistema –un artificio creado por algunos para intentar escapar del destino a costa de los demás–.
(...)
He releído todo el texto anterior y me da un poco de miedo haber llegado a esta conclusión. En fin, quizá todo este desbarre existencialista se deba a que hoy necesito echar un polvo tanto como el comer. Sentir un rato la piel de otro para descansar de tanta revelación liberadora por medio de un rato (corto) de sexo salvaje. De convertirme por unos minutos en un animal inconsciente. Sí, debe ser eso. No me hagáis mucho caso.
domingo, 12 de diciembre de 2010
Un, dos, tres
Por veinticinco pesetas, díganos cosas grandes como, por ejemplo, el océano Atlántico.
- El océano Atlántico.
- La cara dura de Zapatero.
- La sonoridad de una sinfonía de Mahler.
- El sueño que te queda cuando suena el despertador el lunes.
...
- Los huevos de quien hace como que no te conoce cuando está con sus amigos en un congreso en el que coincidís y, sin embargo, se acerca a saludarte cuando estás con los tuyos tranquilamente tomando una cerveza en un bar. Ese que tiene la gallardía de decirte "quiero volver a verte" y nunca más se supo. El que llega a la conclusión de que no quieres que te vean con él y te suelta que "te veo incómodo", como si te conociera de algo. El que te pidió que no escribieras nada en tu blog sobre su reacción infantil a la noticia de que eres seropositivo porque "necesito tiempo". El mismo que se despide diciendo "llámame un día" y nunca te dio su teléfono. Ese mismo que...
Campana y se acabó.
- El océano Atlántico.
- La cara dura de Zapatero.
- La sonoridad de una sinfonía de Mahler.
- El sueño que te queda cuando suena el despertador el lunes.
...
- Los huevos de quien hace como que no te conoce cuando está con sus amigos en un congreso en el que coincidís y, sin embargo, se acerca a saludarte cuando estás con los tuyos tranquilamente tomando una cerveza en un bar. Ese que tiene la gallardía de decirte "quiero volver a verte" y nunca más se supo. El que llega a la conclusión de que no quieres que te vean con él y te suelta que "te veo incómodo", como si te conociera de algo. El que te pidió que no escribieras nada en tu blog sobre su reacción infantil a la noticia de que eres seropositivo porque "necesito tiempo". El mismo que se despide diciendo "llámame un día" y nunca te dio su teléfono. Ese mismo que...
Campana y se acabó.
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