miércoles, 1 de junio de 2011

What if...?



¿Ni siquiera estás agradecido, a que no?

¿Agradecido? ¿Por la peor experiencia de mi puta vida?

Estás agarrado a tu dolor como si sirviera para algo. Te diré una cosa: no vale una mierda. Pasa la página. Tienes mil cosas por hacer y solo te empeñas en quejarte.

Bueno, ¿y qué se supone que tengo que hacer?

¿Tú qué crees? ¡Puedes hacer lo que quieras, gilipollas! ¡Estás vivo! ¿Qué importa un pequeño dolor frente a eso?

No puede ser tan sencillo. 

¿Y si lo fuera?

Traducción libre de la escena final de la cuarta temporada de Six feet under. 

jueves, 5 de mayo de 2011

Una palabra tuya...

...bastaría para sanarme. Más o menos, claro. Por lo menos, curaría ese nudo en la garganta que vuelve a tenerme todo el día con principios de asfixia. 

Nadie dijo que esto fuera a ser fácil. He pasado por miles de cosas en los últimos cinco años: cambios de ciudad, de trabajo, de amigos, vuelta a empezar. Períodos más desenfrenados, seguidos inmediatamente de otros mucho más asociales. Mis CD4 se han mantenido en su sitio y mi salud física ha estado perfectamente. He ido al gimnasio con regularidad, he estudiado idiomas. He dado pasos enormes en mi situación financiera y he ido progresando, a pasos insultamente grandes, hacia una madurez que apremia justo ahora que mi vida llega a su cuarta década. 

Ahora echo la vista atrás y descubro, con horror, que ya han pasado diez años desde aquel día de abril en que te conocí. Yo con diecienueve recién estrenados, tú aún con tus dieciocho. Un chat cualquiera de los de entonces. Una animada charla de horas, seguida por un pequeño incidente que estuvo a punto de causar que mi vida hubiera sido totalmente diferente. Te reirás recordándolo: recuerdo cómo sin querer al levantarme de mi silla para ir al servicio o a por un vaso de agua mi pie apretó el botón de apagado de aquella primitiva y enorme CPU de ordenador que estaba bajo mi mesa y cómo el ordenador se quedó en negro a los tres segundos. Aunque lo reinicié y volví a buscarte, tú ya no estabas conectado. Pensé no volver a leerte más y la angustia adolescente me invadió. 

Sin embargo, las neuronas aún entonces me daban para algo y tuve una idea genial: conectarme el siguiente día, a la misma hora y al mismo canal de chat. Y allí estabas, de nuevo. Evidentemente habías tenido el mismo pensamiento. Desde aquella segunda tarde hasta la de hoy ha pasado toda una década. Diez años en los que hemos vivido de todo. Indiferencia por tu parte, amor apasionado por ambas. Separación en busca de nuevos horizontes, desilusión y vuelta a pensar en ti. Nuestros caminos se separaron durante tres o cuatro años y luego, como por empeño del destino, otro día volvimos a cruzarnos. Hemos compartido trabajo, proyectos. Amigos, noches de fiesta, alguna que otra cita para ir a comer como buenos ex. 

Pero yo te he seguido queriendo siempre. Igual que aquella tarde en que empezamos a chatear. Heme aquí, otra vez tecleando para decirte lo mucho que te echo en falta. No ha pasado uno solo, de los 3.600 días que me separan de aquella primavera, en el que no hayas estado en mi mente.

Ya no sé qué más hacer. Como aquella Penélope que esperaba en un banco de la estación, sigo aquí aguardando a volver a verte como antes. Como en aquella horrorosa canción de Mecano, solo quiero que la fuerza del destino nos vuelva a juntar. "Pues si el invierno viene frío, quiero estar junto a ti". Valiente moñada pero qué aguda descripción. Lo has clavao, nachocano.

Esta desesperación no tiene cura, aparentemente. Sin embargo, sigo soñando con que un día digas de una vez esa palabra que bastará para sanarme. En esta época en la que atravieso mis horas más bajas desde hace muchos meses, solo quiero esperar a que vuelvas. En esta etapa en la que ya no creo en nada, solo puedo tener fe en que un día —aunque sea dentro de veinte o treinta años— vengas a buscarme, a darme un abrazo y a quererme si acaso en una décima parte de como yo lo hago. 

Es tarde. Hasta mañana, sea eso cuando sea.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Saudades de montaña rusa

Cada vez estoy más convencido de que la frase "cualquier tiempo pasado fue mejor" es completamente inexacta. Por supuesto que podemos estar en algún momento puntual algo mejor que en otro, y que la vida es una montaña rusa en la que solemos subir a base de esfuerzo y con lentitud y que, casi sin avisar, nos deja caer por nuestro peso a velocidades que ni imaginamos. Pero no es eso lo que quiero decir.

A lo que me refiero es a que ese pasado idílico que recordamos todos –ya sea la infancia, aquel primer amor de juventud o los años combativos y subversivos de la universidad– son a la postre recuerdos de un tiempo que hemos vivido porque teníamos que hacerlo para sentar la base de la nostalgia del futuro.

Después de años de insatisfacciones, decepciones y desengaños más o menos habituales, he comprendido por fin en qué se basa la realidad: en anhelar algo que nunca tendremos, algo que intuimos hace años, que vislumbramos durante aquellos años felices pero que nunca pasará de un espejismo. Somos profundamente desgraciados; en mayor o menor medida, nuestras circunstancias y nuestras personalidades nos hacen seres incompletos, inseguros, insatisfechos. La 'saudade' de la que hacen gala nuestros vecinos portugueses en su personalidad colectiva se acerca mucho más a lo que somos todos. Es decir, ellos son más realistas y ven la vida mejor de lo que nosotros, los españoles apasionados y fiesteros, nunca podremos ver.

El pasado, aquel período de tiempo en que fuimos tan felices, es una etapa necesaria para forjar la personalidad de lo que somos como adultos. El propio desarrollo vital hacia la madurez es un proceso de degradación contra el que no podemos luchar: sólo nos lleva, siempre, a peor. Esa montaña rusa puede tener algún pequeño repecho que nos haga pensar que hemos mejorado; es mentira. En el proceso de caída, la propia gravedad nos empuja hacia abajo siempre, sin marcha atrás posible dada la fuerza con la que se mueve el carro que avanza enloquecido por los raíles metálicos.

Aunque pueda parecer una visión negativa de la existencia, después de tener esta revelación me siento mucho más ligero de equipaje. Descargar de culpabilidades y reproches la propia desgracia es lo mejor que puedes hacer. Es profundamente liberador asumir que nada de lo que hagas va a mejorar tus perspectivas de futuro ni acercarlas a ese sueño dorado que nos vende el sistema –un artificio creado por algunos para intentar escapar del destino a costa de los demás–.

(...)

He releído todo el texto anterior y me da un poco de miedo haber llegado a esta conclusión. En fin, quizá todo este desbarre existencialista se deba a que hoy necesito echar un polvo tanto como el comer. Sentir un rato la piel de otro para descansar de tanta revelación liberadora por medio de un rato (corto) de sexo salvaje. De convertirme por unos minutos en un animal inconsciente. Sí, debe ser eso. No me hagáis mucho caso.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Un, dos, tres

Por veinticinco pesetas, díganos cosas grandes como, por ejemplo, el océano Atlántico.

- El océano Atlántico.
- La cara dura de Zapatero.
- La sonoridad de una sinfonía de Mahler.
- El sueño que te queda cuando suena el despertador el lunes.
...
- Los huevos de quien hace como que no te conoce cuando está con sus amigos en un congreso en el que coincidís y, sin embargo, se acerca a saludarte cuando estás con los tuyos tranquilamente tomando una cerveza en un bar. Ese que tiene la gallardía de decirte "quiero volver a verte" y nunca más se supo. El que llega a la conclusión de que no quieres que te vean con él y te suelta que "te veo incómodo", como si te conociera de algo. El que te pidió que no escribieras nada en tu blog sobre su reacción infantil a la noticia de que eres seropositivo porque "necesito tiempo". El mismo que se despide diciendo "llámame un día" y nunca te dio su teléfono. Ese mismo que...

Campana y se acabó.

viernes, 22 de octubre de 2010

Limpieza

He limpiado mi casa a fondo. Me ha dado bastante trabajo y a veces he tenido que pararme a pensar si tal o cual cosa me iba a hacer falta en el futuro. Ha sido un poco difícil decidir pero al final he optado por ser inflexible: he tirado todo lo que no veía desde hace más de una semana. Y no veas qué aroma a limpio se ha quedado...

jueves, 14 de octubre de 2010

Con el tiempo

Avec le temps,
avec le temps, va, tout s'en va.
On oublie le visage et l'on oublie la voix.
Le cœur, quand ça bat plus, c'est la peine d'aller
chercher plus loin, faut laisser faire et c'est va bien.


Avec le temps, 
avec le temps, va, tout s'en va.
L'autre qu'on adorait, qu'on cherchait sous la pluie,
l'autre qu'on devinait au détour d'un regard,
entre les mots, entre les lignes et sous le fard
d'un serment maquillé qui s'en va faire sa nuit.
Avec le temps tout s'évanouit.

"Con el tiempo se olvida todo. La cara, la voz. Vale la pena, cuando el corazón ya no late, buscar más lejos, dejarlo estar. Con el tiempo, aquel al que adorábamos, a quien buscábamos bajo la lluvia, a quien comprendíamos con solo una mirada, sus palabras, sus cartas... todo se pierde en la noche. Con el tiempo, todo se evapora".

Es una traducción un poco libre de la canción de Léo Ferré 'Avec le temps' que no puedo dejar de escuchar. ¿Os habéis parado a pensar en que cuando pasan los años no somos capaces de acordarnos del timbre de una voz amiga o de la cara de algún familiar que ha muerto... más allá de las poses forzadas de las fotos que guardamos?

El cerebro es sabio y sabe, exactamente, qué guardar y qué borrar de su disco duro. El alma sabe que su memoria no es infinita y va desfragmentando y limpiando, cada poco, sus bits para ir haciendo sitio a lo que llega. Ningún ordenador es capaz de de mantenerse tan aseado durante más de un año. Nuestra mente, mucho más ágil, nos acompaña durante toda una vida y hace sus deberes, callada, sin que le digamos nada. Selecciona lo importante, borra lo superfluo. A veces, trabaja de una manera tan rápida que algunas de las vivencias no llegan, siquiera, al lugar donde deberían guardarse y se esfuman mucho antes de llegar a ser, propiamente, recuerdos.

El sueño, al que me dirijo como cada noche, es el momento más provechoso del día. Durante ocho horas dejamos a nuestro inconsciente a su aire, ordenándose sin prisa, a su ritmo. A veces, por la mañana intentamos hacer un recuento y descubrimos, con agrado, que aquel al que adorábamos, a quien buscábamos bajo la lluvia, aquel en el que quisimos comprender con solo una mirada... ya no está. No existe. Deleted.

Y sin embargo, la verdad es que la vida ya nunca vuelve a ser igual. Nunca volvemos a ser los mismos ni a amar del mismo modo. "Alors, vraiment, avec le temps on n'aime plus".

lunes, 11 de octubre de 2010

Me muerdo la lengua

Hoy me muerdo la lengua y no voy a utilizar este blog para contar ninguna historia que me haya pasado. No es necesario, es otra vez (¡otra vez!) la misma y ya la habéis leído... los tres que venís por aquí de vez en cuando.

Hoy solo quiero anunciar que he tocado fondo –o, al menos, algo duro bajo mis pies– y que a partir de ahora solo puedo a ir a mejor. Mañana, aprovechando el día festivo, voy a coger mi coche bien temprano y voy a conducir adonde él me quiera llevar. Probablemente llegue a la frontera más cercana y la traspase por el sitio más insospechado, quizá una carretera comarcal cuanto más alejada de la autovía mejor. Cambiaré, aunque sea por unas horas, de país y de idioma, de paisaje, de mochila. Dejaré, por esas mismas horas, todo atrás y seré de nuevo quien fui hace años. O, mejor, me inventaré un yo distinto.

Lo he hecho varias veces y, la verdad, soy bastante bueno en ello. Soy capaz de aparentar la madurez más serena, la sensatez del adulto, la ingenuidad del adolescente. Incluso, si me pongo, soy capaz de creérmelo durante un rato. A veces me veo incluso desde fuera, como esas personas que salen de su cuerpo cuando están al borde de la muerte, y me veo estupendo.

Mañana es el día. Y claro que luego volveré a casa, a lo de siempre, para dormir y volver a trabajar el día siguiente. Pero ese ratito que sea otra persona, esa carreterita de frontera, me enseñarán que fuera de la caverna hay vida, luz y color mucho más brillantes que en las sombras. Lo bueno, también, es que no tengo a nadie a quien convencer a mi vuelta de que allá fuera todo es mejor. Lo sabré yo, y con eso me bastará.

A dormir. Hasta mañana.